¿Y si hubiese existido el mitológico Kraken?

El 17 de noviembre de 1861, la tripulación de un barco de guerra francés, el Alectón (imagen 1), tuvo un encuentro con un calamar gigante al nordeste de la isla de Tenerife. El ejemplar se desgajó en dos partes y los arponeros sólo pudieron conservar la cola de un calamar que medía unos 8 metros.

Esta noticia dio la vuelta al mundo, reactivando tanto el interés científico por el gigantismo de algunas especies marinas, como las historias casi legendarias sobre la existencia en aguas nórdicas del mitológico Kraken.

A partir del encuentro del Alectón, comenzó a haber abundantes capturas y avistamientos notificados por todo el mundo, en especial en las costas de Terranova (costa nordeste de Norteamérica), donde se dieron más de veinte hallazgos de ejemplares gigantes varados (uno de ellos llegó a medir 20 m). Se diluía así parte del halo de leyenda que siempre ha rodeado a estos reyes de los mares, animales que antaño provocaron el pánico entre los marinos y protagonizaron mil y una historias para no dormir. Lógicamente, su existencia era conocida entre pueblos que dominaban la navegación, cuyas embarcaciones habrían sido atacadas ocasionalmente por calamares y pulpos con fuerza y tamaño suficiente como para hundirlas. Incluso algunas joyas arqueológicas de miles de años que han llegado hasta nuestros días nos muestran representaciones de cefalópodos de gran tamaño junto a embarcaciones de similar envergadura.

Basados o no en casos reales, estos relatos fueron dando forma a la leyenda del Kraken, un monstruo marino del que tenemos la primera noticia escrita gracias al arzobispo sueco de Uppsala (ciudad al nordeste de Estocolmo, Suecia), Olaus Magnus. A él se refería asegurando que: “tiene atemorizados a los navegantes, ya que acostumbra a surgir bruscamente de las olas y, lanzando su cabeza como una flecha, se apodera de los hombres que están en cubierta y los engulle”. En 1734, Hans Egede, un misionero noruego, observó al Kraken en aguas de Groenlandia: “era tan colosal que la cabeza alcanzaba hasta el tope del palo mayor. Su cuerpo tendría el mismo volumen que el barco y una longitud tres o cuatro veces mayor. Poseía un hocico acabado en punta y arrojaba chorros de agua como las ballenas”. La pregunta que inquieta es: ¿serán ciertas estas historias?.

La respuesta se puede hallar en Berlin-Ichthyosaur State Park en Nevada (Estados Unidos) que es un lugar donde pueden encontrarse fósiles de ictiosaurios de la especie Shonisaurus popularis (imagen 2) que fueron hallados por primera vez en 1920 y, treinta años más tarde, fueron descubiertos los restos de 37 ictiosaurios más. Éstos medían unos 14 metros de longitud, tenían un hocico similar a los de los delfines y su dieta estaba basada en cefalópodos (pulpos, calamares, sepias y nautilos). En la década de 1950, el mayor experto en el hallazgo de este yacimiento, Charles Lewis Camp, quedó desconcertado por estos fósiles ya que era extraño encontrar a tantos individuos de la misma especie en el mismo lugar. La hipótesis que Camp presentó para explicar la mortalidad en masa de estos ictiosaurios fue que se habrían quedado varados accidentalmente (imagen 3) o fueron envenenados con alguna fitotoxina (aunque ésta no explica cómo se detuvieron prácticamente todos en el mismo lugar). Estas hipótesis podrían acercarse a la realidad si los S. popularis hubieran muerto en aguas pocos profundas. Sin embargo, se ha demostrado que ese sitio fue un ambiente de aguas profundas (Hogler, 1992). Entonces, ¿cómo murieron los ictiosaurios?, ¿qué relación tiene la muerte en masa de los ictiosaurios con el mitológico Kraken?.

Estas dos preguntas fueron resueltas en un estudio. Se vieron que las articulaciones de los esqueletos de los ictiosaurios fueron depositadas en el fondo del mar poco después de la muerte. Además, los esqueletos mostraron diferentes grados de desarticulación, como si hubieran muerto en masa de manera catastrófica; pero también parecían que los huesos habían sido deliberadamente reorganizados. Esto hizo pensar acerca de un depredador marino que tuviera una capacidad de manipulación inteligente para restos de presas. Este estudio postula que los ictiosaurios fueron depredados y transportados a este lugar por un enorme cefalópodo del Triásico, con una longitud estimada de aproximadamente 30 m.

La idea es que los S. popularis fueron emboscados por un Kraken del Triásico, fueron ahogados y arrojados en un basurero marino (táctica que utiliza el pulpo moderno) para ser devorados allí. Lo curioso fue descubrir algunos discos vertebrales de estos ictiosaurios dispuestos en patrones lineales con una regularidad casi geométrica. Estas vértebras dispuestas se asemejan a los patrones de un tentáculo de cefalópodo (imagen 4). Otras evidencias de los ataques de este posible Kraken es que los ictiosaurios presentan muchas costillas rotas y cuellos torcidos.

La última pregunta es: ¿por qué no se ha descubierto ningún fósil del Kraken?. Hay que tener en cuenta que los pulpos prehistóricos eran en su mayoría de cuerpo blando y no se fosilizan bien. Sólo sus picos (o partes de la boca) son duras y la posibilidad de que se conserven, concretamente, en este cementerio de ictiosaurios, son muy bajas.

Bibliografía:
McMenamin, M.A.S. & Schulte McMenamin, D.L.: Triassic Kraken: The Berlin-Ichthyosaur death assemblage interpreted as a giant cephalopod midden. Presentation at the Geological Society of America meeting, Minneapolis, Minnesota, 2011.
Gonzalez J.G. & Heylen D.: Criptozoología: “El enigma de los animales imposibles”. EDAF (2002).
Hogler, J.A.: Taphonomy and paleoecology of Shonisaurus popularis (Reptilia: Ichthyosauria). Palaios 7(1):108-117 (1992).

 

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