Un mundo en color

publicado el 30 Dic, 2012 Blog Óptica

Muy probablemente alguna vez os habéis preguntado por qué, a nuestro alrededor, las cosas tienen un determinado color, como por ejemplo, por qué es azul el cielo o por qué hay objetos transparentes. Pues bien, existen varios factores que interactúan para que podamos ver las cosas tal y como las vemos. Concretamente tres: las propiedades del objeto, la luz con la que se ilumina a éste y el observador en cuestión (ya sea el ser humano u otro ser vivo). En este artículo, nos centraremos solamente en el factor luz y en el observador.

La luz no solo es la responsable de que veamos un objeto físicamente, sino que también define en parte el color que percibimos. Esta capacidad se debe a que la luz está compuesta por radiaciones (imagen 1) con distinta longitud de onda. De hecho, si iluminamos un objeto con una luz con una longitud de onda diferente, el color de éste cambia. Un ejemplo de ello es lo que ocurre cuando entramos a una discoteca y nos colocamos bajo un tubo de neón o una luz negra, luces con distinta longitud de onda.

Nuestra estrella, el Sol, nos alegra el día bombardeándonos con radiación electromagnética  que va desde las microondas, pasando por los rayos x, hasta los dañinos rayos gamma. Entre toda esta radiación electromagnética se encuentra la luz visible o luz blanca, que es la suma de todos los colores: si hacemos pasar un haz de luz blanca por un prisma podremos ver como ésta se descompone en los distintos colores que conocemos, creando un arcoíris.

Las longitudes de onda (imagen 2) percibidas por el ojo humano oscilan en torno a los 400 nm hasta 700 nm, propiedad que nos permite reconocer distintos colores (imagen 3) según la longitud de onda que observemos.

Cuando la luz incide sobre un objeto, parte de esta luz es absorbida y parte es reflejada. Las longitudes de onda que son reflejadas “dan color” al objeto. Si, por ejemplo, iluminamos con luz blanca (luz solar) un tomate, este absorbe todas las longitudes de ondas excepto la correspondiente al rojo, que es reflejada. Si el cuerpo refleja todas las longitudes de onda, aparecerá en nuestros ojos de color blanco, como ocurre con el fondo de estas páginas.

El sistema óptico humano produce una imagen de la realidad reducida e invertida en la retina. Dentro de la retina se localiza una estructura denominada mácula, responsable de la visión central y la zona más sensible del aparato visual. Dicha sensibilidad se debe a la gran concentración de dos tipos de células sensibles a la luz: los bastones, que registran la intensidad o cantidad de luz recibida y los conos, células que responden a diferentes longitudes de onda. Por tanto, son los conos los responsables de captar los colores reflejados a nuestro alrededor.

El proceso por el que nuestro sistema óptico (imagen 4) visualiza nuestro entorno sería el siguiente: una vez la luz impacta sobre los objetos, se produce un código eléctrico según los puntos de la retina en que se percibe luz, que es enviado a través de los nervios al cerebro. El cerebro interpreta dicho código como una imagen multicolor y tridimensional que el observador visualiza.

Hay animales capaces de distinguir más colores o tonalidades que los humanos. Aunque dichas tonalidades y colores son indescriptibles para nosotros dado que no podemos verlas, sabemos de su existencia por las numerosas modificaciones que se observan en el aparato visual de distintos animales. Por ejemplo, las aves tienen 5 tipos de conos en la retina en lugar de los 3 que poseemos los humanos, lo que les otorga una visión más compleja.

Esta visión más compleja se traduce en la percepción de un mundo mucho más colorido y vivo. Entre otras cosas, las aves pueden visualizar colores pertenecientes a la gama del ultravioleta , algo parecido a lo que pasa con los insectos.  A continuación y como ejemplo, les mostramos una simulación del científico noruego Björn Roslett. En ellas  se exponen especies de flores muy comunes (imagen 6), a la izquierda con luz natural y a la derecha cómo las veríamos en el ultravioleta (simulando la visión de un insecto).

Bibliografía:
Parramón J.M.: “El gran libro del color”. Barcelona. Parramón Ed. (1993).
Küppers, H: “Fundamentos de la teoría de los colores”. Barcelona. Gustavo Gili SA (1978).
Zelanski P., Fisher M.P.: “Color”. Madrid. Tursen SA (2001).

1 comentario

  1. Fran J. Vila dice:

    “Como ocurre con el fondo de éstas páginas”… mmm bueno. No. La pantalla no refleja la luz, si no que la emite (y el píxel emite la tríada rojo-verde-azul para “engañar” al ojo, no hace falta que emita todo el espectro visible).