Pozos de ambición

publicado el 1 Feb, 2015 Opinión

  Hace solo unos días el Ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria, amenazó al gigante energético Repsol con una multa, que podría llegar a los seis millones de euros, si estos no realizaban un segundo sondeo en aguas adyacentes a las Islas Canarias. ¿La razón? El reiterado interés que ha mostrado el político del Partido Popular por ese hipotético yacimiento de oro negro y gas que, supuestamente, se encuentra a escasos kilómetros de la costa canaria. El primer sondeo tuvo lugar tras un tira y afloja entre gobierno central y autonómico, que a punto estuvo de convertir al archipiélago en un auténtico polvorín. Con independencia de intereses partidistas por parte de uno y otro bando que contribuyeron a echar más leña al fuego, lo cierto es que la sociedad se posicionó mayoritariamente en contra de la intervención al existir la posibilidad, por más remota que esta fuese, de desencadenar un siniestro ecológico a todas luces evitable. La operación se impuso por las malas y culminó con la multinacional aceptando la derrota ante la ausencia de semejantes recursos, una actitud que el citado ministro parece no compartir.

El resultado supuso un alivio para muchos, una decepción mayúscula para algunos y una satisfacción personal para otros. El asunto -que parecía ya más que zanjado- se avivó, a finales de enero de 2015, con unas declaraciones en las que el ministro volvía a la carga desenterrando la polémica, y nada más y nada menos que con una advertencia que suena más a chantaje que a otra cosa. Que las probabilidades de desastre en la zona fuesen escasas no era una mera excusa, ya que tampoco fueron muy optimistas las estimaciones que argüían la presencia de crudo en abundancia en unas cantidades superlativas como para que mereciera la pena correr el riesgo. Finalmente no fue petróleo, sino gas de baja calidad, lo único que se halló en las profundidades marinas. Esa fue una razón más que suficiente para que Repsol, por intereses económicos y no medioambientales -no lo olvidemos-, optara por dar carpetazo a un proyecto que, a día de hoy y vista la insistencia ciega mostrada por su principal artífice, parece más bien una apuesta, un capricho o una rabieta infantil de un obcecado Soria que se niega a aceptar lo evidente.

De este modo, los engranajes se ponen de nuevo en marcha cuando la maquinaria daba muestras de estar desengrasada e inoperante, en un momento en el que los precios del petróleo están por los suelos. No quiero decir con esto que la riqueza energética de una región sea despreciada, y menos con la crisis aún latente; pero la solución tampoco puede ser esa si se pone en peligro la estabilidad de un ecosistema y se tiene a la opinión pública en contra. Las palabras de Soria “y no ha habido ninguna catástrofe medioambiental, como se nos anunciaba” solo suponen una muestra más del descarado y gratuito cinismo al que nos tienen acostumbrados los mandamases de esta formación política. Lo que es inadmisible, máxime aún en tiempos en los que la sociedad parece mostrar cada vez una mayor concienciación en temas como el que aquí nos ocupa, es que alguien que en teoría nos representa al conjunto de los ciudadanos se empecine en cumplir con sus objetivos a cualquier precio y aproveche una mayoría absoluta para imponer su criterio. Sobre todo si su decisión implica correr riesgos que para la población, la flora y la fauna canarias son inasumibles.

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