Los pajaritos de David

publicado el 15 Jun, 2014 Blog Zoología

A mediados del siglo XIX. El rumor de las lágrimas caídas de las sirenas, las cantilenas fantasmagóricas de los marineros abatidos en guerras irrazonables, el mascullar de las numerosas y estilizadas algas verdes que tupían las espinosas rocas de la costa interrumpían el tridente cantar de los grillos que reposaban en torno a un inquieto pastizal que abrazaba a un solitario faro. El impetuoso invierno incitaba a un mar ronco que elevaba sus montes de blanca espuma bramante para que terminasen de borrar, con su manto de niebla vaporosa, al castigado escollo terrestre. Ni siquiera los rugidos del incesante céfiro del viento que chocaban violentamente contra el enorme cristal del faro hacían parpadear a David, el cuidador de aquel faro centinela de la Isla de Stephen (Nueva Zelanda).

David nació, hace cuarenta y tantas primaveras, en una familia humilde arraigada a esa isla y siempre vinculada con aquel faro. Pocos años tardó en hacerle compañía a su padre, farero de profesión, en aquellas solitarias noches donde lo más llamativo era la blusa blanca con la que vestía el mar la luz del faro. En su fugaz niñez, disfrutaba de la compañía de su gato negro de motas irregulares blancas llamado Socks el cual, de vez en cuando, se lo llevaba al faro para él distraerse en contra de la voluntad de su padre. La tranquila adolescencia que vivió, le marcó un carácter bonachón, tranquilo y solitario. Era una persona excesivamente ordenada y muy hecha a sus costumbres diarias. La rutina no le pesaba por muchos días que pasaran. Nunca se le presentó mujer, por lo que su vida fue dedicada a sus padres y su gato Socks hasta que todos ellos fallecieron por gajes de la edad y un azote infernal de tuberculosis que plagó aquella isla calmosa y zonas colindantes. Sus primeros días en tremenda soledad no cambiaron con lo que se refería a su profesión. Para trabajar, David usaba un habitual vestuario: zapatos negros de cordones que estaban algo desgastados en las puntas, un pantalón negro que le quedaba algo grande, una camisa marrón oscuro de botones de bolitas cuyos cuellos de la camisa tenían las palas separadas y largas dejando entrever sin dificultad su camiseta interior blanca, un abrigo de color negruzco que le llegaba a la altura de las rodillas y un sombrero negro cuya copa era desmesuradamente ancha actuando casi como un paraguas en días de lluvia. Lo único que pudo cambiar en su monotonía era el crecimiento paulatino de su frondosa, larga y oscurecida barba y bigote que apantallaban casi al completo su boca salvo un atisbo de labio inferior que sobresalía.

Siempre antes de entrar al faro, se llevaba de su impoluta casa un libro que le acompañase en esas interminables noches. Aquel día le tocaba leer “El Príncipe Feliz y Otros Cuentos”, un conjunto de cuentos escrito por un autor que le gustaba mucho, Oscar Wilde. En el ocaso, de camino al espigón y con paso lento, cruzó un sendero pedregoso cuyo final era la puerta de entrada del faro. El viento no andaba enfurecido como otros días; pero la brisa era tal que peinaba las espiguillas de las avenas locas provocando un silbido agudo que ensordecía al caminante. Conforme llegaba a la puerta, esa sinfonía de la naturaleza se vio desvirtuada por un llanto de bebé. David se guardó en su amplio e interminable bolsillo del pantalón las llaves de la torre y se dirigió, cauteloso, hacia la diana de aquel inacabable gemido. Con ayuda del libro, apartaba los finos tallos de aquellas gramíneas hasta poder contemplar a una cría de gato tumbada en unos pocos matojos de pastizales secos. Su pelaje era inmaculado en la mayor parte de su cuerpo excepto en la nuca, cuello, lomo y cola cuyo color era canela atigrado. David, al verlo, volvió sobre sus pasos y entró en el faro dejando a aquel animal a su suerte. Comenzó su lectura bajo la cautela de una vela cuya llama no se inquietaba ni por la profunda respiración del hombre letrado. Con sus gastados dedos gruesos, pasaba las páginas de aquel libro con mucho sosiego. Aquella llovizna que se dejó ver en aquel inhóspito paraje, no hizo detener su lectura. Pero sí que le inquietó una pizca un rayo que cayó en medio de la nada del mar. Ese rayo fue el interruptor de una tormenta de agua que prosiguió durante varias horas. No podía hacer nada el halo de luz que desprendía aquel faro hacia el horizonte contra las aceitunas de agua que las espesas y grises nubes vomitaban sin cesar. En un destello mental, David se acordó de aquel gatito cerca de la puerta del faro. Con mesura, se levantó con una migaja de dificultad y depositó el libro de Wilde en una mesita de madera de roble, justo al lado de la vela que, en ese momento, bailó al son del movimiento apurado del farero. Cogió su abrigo negro y bajó las escaleras de caracol de madera que se hacían interminable mientras escuchaba los lamentos de la incesante lluvia. David se acercó al lugar en cuestión y allí se encontraba tumbado el gatito gritando con toda su alma. No se había movido ni un ápice desde la última vez que lo vio. La tenebrosa noche azotada por esas ráfagas de violenta agua presenció cómo aquel señor se llevaba, en sus agigantadas manos, un gatito de poco peso hacia el interior de la torre que todo lo ve. David dedicó bastante tiempo en secar bien el pelaje de ese inesperado compañero con viejas mantas. Lo dejó tumbado en un tumulto de mantas improvisadas para que durmiese. Aquel momento de vínculo le recordó los buenos momentos que pasaba con su gato de la niñez Socks, por lo que no le hacía ascos quedarse con aquel gato durante un buen tiempo. Estuvo media hora pensando en absurdos y facilones nombres sin convencerle ninguno de ellos. Como última medida desesperada, miró con detenimiento su pila de libros, muchos de ellos sobre ornitología, en una esquina de aquel lúgubre salón y se percató de uno de ellos que le encantó leer en su día llamado “Poder oculto”, escrito por Thomas Tibbles. El apellido de aquel periodista y escritor sería con el que bautizaría a su nuevo amigo.

Pasó un año de ese fraternal encuentro y el minino seguía dándole felicidad al guardián de la luz. Las noches no se antojaban tan aburridas como antaño. Incluso el hombre le hablaba al gato como si de una persona se tratara hasta que Tibbles (imagen 1) empezó a danzar por los pastizales por las noches mientras su amo se sumergía en diversos libros.

Una mañana cualquiera, Tibbles dejó una presa enfrente de la puerta del faro. David, al salir por la puerta, vio a un pajarito de colores poco llamativos muerto en sus pies y Tibbles muy cerca del sitio husmeando las plantas nitrófilas del lugar. El señor apartó, de manera suave, con su pie derecho al animal colocándolo en el suelo del pastizal. Ese acontecimiento se volvería a repetir unas cuatro veces más, de idéntica forma, en el mismo lugar, en un breve intervalo de tiempo y con la misma especie de pájaro como víctima. Al cuarto desgraciado crimen, Tibbles fue castigado estando siempre encerrado en el salón del faro. La tierra había engullido a las tres primeras aves asesinadas, quedando solo el cuarto individuo en manos de David que se lo llevó a su lugar de trabajo para analizarlo. Más detalladamente, el pájaro misterioso era pequeño y regordete, sus alas eran diminutas y redondeadas, su cola era corta y su plumaje de color verde oscuro. El farero, amante de las aves, no conocía dicha especie por lo que decidió diseccionarlo y embalsamarlo (imagen 2) para que, a los pocos días posteriores, se lo enviara a un colega ornitólogo neozelandés, llamado Walter, que lo identificara.

Pasaron muchos meses sin saber absolutamente nada de Walter. En cambio, Tibbles seguía campando a sus anchas por el pastizal ya que David le levantó el castigo pocos días después de enviar el paquete con la cuarta víctima. El jelical gato seguía con sus hábitos de cazador y, como trofeo o mala costumbre, le dejaba presas algunas noches a David en la misma puerta de la torre. El número de la misma especie de pájaro ascendió a ocho, de los cuales fueron directamente diseccionados y embalsamados. El hombre, inquieto e impaciente, le envió de golpe esos ocho pájaros a un afamado barón rico que visitaba, de cuando en cuando, la isla por expediciones zoológicas. O eso argumentaba Don Lionel, cuyas expediciones duraban pocas horas y las demás las dedicaba a hacer turismo por el poblado. A David le cayó muy bien Don Lionel un mediodía en una cantina cochambrosa. Su trato político y sus amplios conocimientos de aves encandilaron al solitario farero.

Llegó el verano y, con él, un gigante girasol observador, ondulante en el cielo, que cantaba a las hierbas secas y aromáticas una melodía rítmica de polvo y múltiples sombras. Tibbles dejó de traer presas desde el envío a barón; pero sí que toqueteó una carta hallada en la casa de su amo. Las pupilas de David se empequeñecieron al ver dicha carta que recibió por correspondencia de Don Lionel. Con torpeza, la abrió con sus manos obteniendo de su interior una carta escrita con letra cervantina. En ella, se citaba al pájaro del faro como especie desconocida para el ser humano denominándola como Xenicus lyalli. A David se le cayó de las manos la carta y lanzó, al horizonte de la ventana, una mirada perdida en sus pensamientos. Cogió su siempre abrigo negro y, con pasos rápidos, se dirigió al faro. Subió con andares rítmicos por la escalera de caracol, acarició a Tibbles que, al verle tan entusiasmado, le sostuvo la mirada hasta que el hombre se marchó bajando de nuevo hacia el pastizal. Estuvo dos horas campeando por aquel pastizal y por las espinosas rocas del espigón hasta que, en un destello fugaz, un punto de color oliva, bastante saltarín y rápido, se engulló entre las piedras para no volver jamás. David no pereció en el intento y casi todos los días fue por esa zona a rastrear al enigmático pájaro; pero, conforme pasaban los ciclos diarios, menos esperanza tenía en volver a reencontrarse con aquel descubrimiento. Paradojas de la vida, lo que fue una efímera alegría por momentos se convirtió en algo gatastrófico por siempre.

Bibliografía:
BirdLife International (2009). «Traversia lyalli». Lista Roja de especies amenazadas de la UICN 2014.
Delibes de Castro, Miguel. La naturaleza en peligro. Ediciones Destino. 

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