Las causas y consecuencias del dolor crónico

  El dolor es clave para nuestra supervivencia como especie e individuo. Si no sintiéramos dolor no seríamos capaces de atender a los estímulos que suponen un peligro potencial. Por eso el dolor nos incita emociones desagradables como ira o miedo, que nos facilitan las respuestas de lucha o huida. El dolor, en definitiva, nos salva la vida. ¿Pero qué ocurriría si el dolor no desapareciera?

El dolor crónico afecta a entre un 10 y 23% de la población española. Las causas más comunes son la lumbalgia, la artrosis, la fibromialgia y las cefaleas, pero hay muchos otros factores que lo producen. Se define como un dolor persistente, mucho mayor de lo esperado en base a las pruebas médicas o al que incluso no se le encuentra una base física. A veces hay un desencadenante: un accidente, una enfermedad o una intervención quirúrgica. Pero el dolor se mantiene mucho después de que la lesión haya sanado. Los tratamientos médicos convencionales no alivian el dolor.

Pero el dolor no es inventado, no hay mentira ni engaño. El dolor crónico es real y puede llegar a ser extremadamente incapacitante. Sólo que no es mero producto de un cuerpo roto. Está influido no sólo por factores biológicos, sino también por factores psicológicos y sociales.

Para entender el dolor crónico hay que ver el dolor en toda su complejidad. A nivel neurológico (imagen1) la percepción del dolor se produce por dos vías. La primera es sensorial, en la que participa la corteza somatosensorial. Ésta es un área del cerebro que constituye una especie de mapa de nuestro cuerpo. Los nociceptores (neuronas que transmiten la señal de dolor) comunican con este área, y allí dan cuenta de la intensidad, magnitud y localización de dolor.

La segunda vía es afectiva, y sin ella es imposible comprender el dolor. Está controlada por la corteza límbica que se encarga del procesamiento emocional. Esta vía es capaz de regular la actividad de la vía sensorial. Probad a pellizcaros deliberadamente en el brazo. ¿Qué pasaría si ese mismo pellizco os lo hubiera dado otra persona sin previo aviso? Se habría dado una respuesta de estrés ante un posible peligro. Esa activación emocional negativa no sólo daría lugar a respuestas de defensa, también habría hecho que este segundo pellizco se percibiera como más doloroso que el anterior. En resumen, las emociones negativas intensifican la percepción del dolor, y de forma opuesta, las positivas serán capaces de mitigarlo.

La teoría de la puerta de Melzack (imagen 2) nos propone un modelo muy intuitivo para su comprensión. Propone que imaginemos al dolor detrás de una puerta. Cuando la puerta está cerrada, el dolor apenas se nota, pero cuando la puerta está abierta, el dolor se deja oír con toda su intensidad. Las emociones son el factor con mayor capacidad de abrir y cerrar la puerta ante el dolor. Pero no son las únicas. Existe una tercera vía.

En la vía cognitiva trabaja la corteza prefrontal, encargada del razonamiento y la planificación. Su labor es realizar planes de futuro y llevarlos a cabo. Soluciona problemas poniendo en conjunción valores, creencias y experiencias personales, y al contrario que la corteza límbica, que valora las consecuencias inmediatas de las acciones, la corteza prefrontal tiene en cuenta las consecuencias emocionales a largo plazo. Desde esta tercera vía se ponen en juego la gran mayoría de mecanismos que son capaces de abrir y cerrar la puerta al dolor, ya que puede modular la actividad tanto de la corteza somatosensorial como de la límbica. Esto tiene como resultado que con nuestros propios pensamientos y acciones podemos mitigar o intensificar la percepción del dolor.

La gran mayoría de personas con dolor crónico no son conscientes de la existencia de estas vías. Tratan su dolor como si fuera pasajero y por ello las estrategias que usan para afrontarlo suelen funcionar a corto plazo, pero a largo plazo suelen resultar contraproducentes y conducen al mantenimiento y cronificación del dolor, de forma directa o indirectamente a través de generar malestar. Se sucedería un ciclo de retroalimentación. Dicho de otro modo, es la pescadilla que se muerde la cola. El dolor produce malestar, y el malestar intensifica el dolor. La persona no ve salida, lo que la conduce a la desesperanza y al abandono de los intentos por controlar el dolor, y es en este momento cuando se ha establecido la cronicidad (imagen 3).

Uno de los ciclos más comunes es el del sedentarismo, consecuencia del dolor (imagen 4). Si se le añade una dieta que no cambia o que cambia para mayor consumo, nos encontraremos unos músculos debilitados por la falta de ejercicio que tienen que soportar mayor peso, con el consecuente incremento del esfuerzo y el dolor en el movimiento que dará pie a mantener el sedentarismo. Otros ciclos pueden comenzar con el abuso de medicamentos analgésicos que a la larga incrementa el dolor por el desarrollo de tolerancia y los efectos secundarios, el descenso de la calidad del sueño y la compensación con cafeína que impedirá el dormir… Son muchas, y todas además van acompañadas de emociones negativas que incrementan el dolor.

La reacción de los demás ante la persona con dolor es crucial para su bienestar. La inmensa mayoría de las personas con dolor crónico no muestran lesiones ni otros signos externos de que estén sufriendo. Esto crea muchos problemas de comunicación, que son tan difíciles de explicar para la persona con dolor como para el resto de entender. Es difícil explicar a alguien con muletas, mientras se reciben miradas de reproche del resto de pasajeros, por qué otra persona con fibromialgia está más necesitada de ese asiento en el autobús, así como difícil explicarle a tu hijo o hija por qué prefieres que no se siente en tus rodillas. Muchas personas con dolor ante estos dilemas prefieren dejar de salir de casa o encerrarse en su habitación. Este tipo de aislamiento, ya sea de los demás o de actividades que antes nos gustaban, reduce el cómputo de emociones positivas de las que podríamos disfrutar, mientras que incrementa el número de emociones negativas que aumentan el dolor.

¿Qué debemos hacer entonces para enfrentarnos al dolor? No podemos controlar los impulsos de los nociceptores ni nuestra reacción emocional, pero si podemos modificar la intensidad de dolor en base a nuestras acciones y pensamientos. Para ello, la principal clave será estudiar cuáles de nuestras estrategias de afrontamiento nos llevan a ciclos de dolor, es decir, cuales tienen consecuencias negativas a largo plazo. Cambian de persona a persona y de situación a situación, por lo que detectar estos patrones supone una profunda labor de autoobservación.

Es por ello que la terapia debe ir encaminada a este fin. El dolor va mucho más allá del cuerpo, se ve afectado por nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestras respuestas y nuestras relaciones con los demás. El tratamiento ideal estaría dirigido a todas las áreas de conflicto de la persona con dolor. Se requiere un equipo multidisciplinar, que incluirá profesionales de la medicina, la fisioterapia, la psicología e incluso del trabajo social.

En el nuevo siglo se han disparado las investigaciones en dolor crónico y las opciones de tratamiento son diversas. Desde la medicina se innova continuamente en nuevas líneas de analgésicos y tratamientos quirúrgicos para los casos más graves. La mayoría de personas encuentran gran alivio con la ayuda ejercicios de relajación y estiramientos, así como prácticas como la acupuntura y la punción seca, ya que la tensión muscular acumulada juega un importante papel en el desarrollo y mantenimiento de problemas de dolor. A nivel psicológico se hace hincapié en detectar los ciclos de dolor y en el asesoramiento y acompañamiento en la ardua tarea que supone en las personas con dolor hacer cambios en su estilo de vida. Se hace mucho uso de las técnicas de distracción y la modificación del pensamiento para el cambio de actitudes y la mejora del estado emocional, así como estrategias para el manejo de conflictos relacionales, frecuentes en estas personas.

¡Y lo más importante es que no tienes por qué esperar! Tú mismo puedes prevenir un problema de dolor en el futuro mejorando tus estrategias de afrontamiento en el día a día. Es una cuestión de observación, esfuerzo y voluntad.

Bibliografía:
Amigo, I.; Fernández, C.; Pérez, M. (2009) Manual de Psicología de la Salud. Madrid: Pirámide
Carlson, N. R. (2005) Fisiología de la Conducta. Madrid: Pearson
Kovacs, F.M.; Moix, J. (coords.) (2009) Manual del dolor. Tratamiento cognitivo – conductual del dolor crónico. Barcelona: Paidós
Miró, J. (2003)  Dolor Crónico. Procedimientos de evaluación e intervención psicológica. Bilbao: Desclée de Brouwer
Moix, J. (2006) Cara a cara con tu dolor. Técnicas y estrategias para reducir el dolor crónico. Barcelona: Paidós

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