La Paradoja de Fermi

publicado el 30 Abr, 2017 Astronomía Blog

Tal y como indica el principio antrópico, el universo parece concebido para albergar vida. Si tan solo algunas constantes universales o algunas relaciones físicas fuesen sutilmente diferentes, todo sería radicalmente distinto y caótico, imposibilitando la formación de galaxias, estrellas, planetas y, por consiguiente, cualquier forma de vida. Por lo tanto, siendo el universo compatible con el desarrollo de vida inteligente (prueba de ello es la existencia de la humanidad) y sabiendo que existen planetas parecidos a la Tierra donde puedan replicarse las condiciones que originaron la vida, parece lógico pensar que no debemos estar solos en la inmensidad del cosmos. Pero entonces, ¿dónde está todo el mundo?

Esa la pregunta que durante muchos años ha atormentado tanto a expertos en el campo de la astronomía como a filósofos y aficionados. Antiguamente nos considerábamos privilegiados al creer que la Tierra era el centro del Universo, no siendo hasta el siglo XVI cuando el filósofo y astrólogo Giordano Bruno afirmó que las estrellas son astros similares al Sol, pudiendo tener sus propios planetas en órbita. Hoy en día sabemos lo acertado que estaba, ya que cada vez con más frecuencia se descubren nuevos planetas potencialmente habitables en otros sistemas solares, lo que significa que son lo suficientemente parecidos a La Tierra como para haber desarrollado vida. La medida en la que un planeta es parecido al nuestro lo indica el Índice de Similitud Terrestre (IST) tomando valores comprendidos entre 0 y 1. Ejemplos dentro y fuera del Sistema Solar son, respectivamente, Marte (IST=0.64) y Kepler-438b (IST=0.88).

Ya desde hace décadas, los científicos son capaces de hacer cálculos para determinar, de forma aproximada, el número de planetas similares a La Tierra que existen en nuestra galaxia. Además, se calcula qué proporción de estos planetas tienen las condiciones idóneas para albergar vida y, por si fuera poco, también se halla la probabilidad de que esa vida se haya desarrollado hasta el punto de formar civilizaciones potencialmente inteligentes capaces de iniciar la carrera espacial.

Las primeras aproximaciones a estos cálculos las aportó la Ecuación de Drake en 1961, incluyendo variables como la proporción de estrellas que tiene planetas en órbita, el número de planetas que se sitúan en zona habitable y la proporción de dichos planetas en los que la vida se habría podido desarrollar, entre otras. A medida que avanza el conocimiento científico, el valor de cada parámetro es reajustado para obtener predicciones cada vez más exactas. A pesar de ser ínfima la probabilidad de que en un planeta se repliquen las condiciones óptimas que hicieron de La Tierra la cuna de la civilización humana, la cantidad insana de estrellas que posee la Vía Láctea (entre 200 y 400 miles de millones) hace que sea muy probable que haya ocurrido en numerosas ocasiones. Hace décadas que se busca evidencia de civilizaciones inteligentes que, en el caso de existir, tendrían sistemas de telecomunicaciones detectables con tan solo apuntar en la dirección adecuada uno de los actuales radiotelescopios. Además, proyectos como Hotmol o Exomol permiten estudiar la química de los exoplanetas, haciendo todavía más fácil la detección de una posible actividad extraterrestre.

No obstante, tras todos estos años mirando las estrellas, la única respuesta ha sido el más absoluto silencio. Esta contradicción entre la probabilidad estadística de que la galaxia debería estar bullente de civilizaciones inteligentes y la realidad empírica de la ausencia de cualquier tipo de contacto es lo que se conoce como la Paradoja de Fermi.

La Paradoja de Fermi se puede abordar desde múltiples perspectivas, las cuales pretenden arrojar soluciones sobre por qué todavía no hemos recibido el saludo de algún vecino estelar. Dichas explicaciones se pueden agrupar en tres grandes categorías: (i) físicas, (ii) sociológicas y (iii) temporales.

Habiendo puesto la civilización humana el pie en la Luna y encontrándose la sonda Voyager en el espacio interestelar, resulta extraño pensar que el viaje entre estrellas es imposible. No obstante, no es lo mismo viajar a la Luna (apenas a un segundo-luz de distancia) que a la estrella más próxima (a más de cuatro años-luz), pues mientras que el viaje a la Luna se logra en varios días, un viaje a la estrella más cercana con la nave más rápida demoraría más de 17.000 años. La tecnología en ese sentido todavía está en pañales, pero se sabe que es físicamente posible acelerar naves a una proporción considerable de la velocidad de la luz. De hecho, existen ambiciosos proyectos como el «Breakthrough Starshot» que pretende enviar nanosondas impulsadas a gran velocidad que podrían alcanzar estrellas vecinas en tan solo 20 o 30 años de viaje. No hay razón para pensar que una antigua civilización inteligente no haya podido desarrollar la tecnología necesaria para viajar entre estrellas, por lo que no hay explicación física sólida que justifique por qué no se ha encontrado todavía rastro de dichas civilizaciones.

Hay diversos aspectos sociológicos que podrían explicar por qué no se recibe contacto de presuntas civilizaciones inteligentes. Primeramente, se asume que una civilización inteligente mostrará interés en la exploración espacial cuando puede no ser así. Sin embargo, resulta difícil pensar que toda civilización avanzada rehúsa explorar el cosmos, por lo que esta hipótesis explicativa resulta incompleta. Por otro lado, surge la posibilidad de que toda civilización inteligente acabe por auto-destruirse a sí misma en algún punto de su historia antes de alcanzar las estrellas, quizá en guerras nucleares tras el descubrimiento de la energía atómica. Hoy en día, esta es una de las ideas más sólidas que se barajan, la cual sostiene que toda civilización emergente debe superar una serie de filtros a lo largo de su desarrollo que potencialmente pueden provocar su propia destrucción. Quizá ninguna de ellas los haya superado.

Más sencillas que las dos anteriores, existen una serie de justificaciones temporales. Los fieles a este tipo de argumentos defienden que debido a la enorme distancia que separa las estrellas, una civilización tardaría cientos de miles de años en visitar sólo una pequeña fracción de sus estrellas cercanas, por lo que es posible que todavía no hayan alcanzado el Sistema Solar. No obstante, teniendo en cuenta que la edad de la Vía Láctea es de diez mil millones de años, esta hipótesis temporal, aunque ciertamente lógica, está considerada como altamente improbable debido a que las primeras civilizaciones habrían tenido tiempo suficiente de colonizar toda la galaxia.

Hoy en día, la Paradoja de Fermi, si bien abordada desde múltiples perspectivas, sigue siendo uno de los grandes interrogantes de la ciencia contemporánea. Hasta el momento los datos solo permiten teorizar y especular sobre el fenómeno, pero quizá los futuros avances en astronomía vengan cargados de respuestas. El progreso tecnológico en los últimos años ha crecido de forma exponencial, lo que cada vez nos está permitiendo conocer el cosmos en mayor profundidad. Si de algo podemos estar seguros es de que será ese progreso el que lleve a una civilización única, la humanidad, a obtener las codiciadas respuestas.

Bibliografía:
Birx, H. J.: Where is everybody?: Fifty solutions to the Fermi paradox and the problem of extraterrestrial life (2002).Carr, B. J., & Rees, M. J.: The anthropic principle and the structure of the physical world. Nature, 278(5705), 605-612 (1979). 
Fogg, M. J.: Temporal aspects of the interaction among the first galactic civilizations: The “interdict hypothesis”. Icarus, vol. 69(2), p. 370-384 (1987).
Hart, M. H.: Explanation for the absence of extraterrestrials on earth. Quarterly Journal of the Royal Astronomical Society, vol. 16, p. 128 (1975).
Tipler, F. J.: Extraterrestrial intelligent beings do not exist. Quarterly Journal of the Royal Astronomical Society, vol 21, p. 267-281 (1980).

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