El río marciano

publicado el 2 Mar, 2015 Biología Celular Blog Botánica Ecología

  13 de octubre de 2009. Después de un gran letargo de la noche, Alex se despertó con el primer rayo de sol que acariciaba, de forma radiante, su rostro. La luz solar alumbraba la pared inmaculada de la fachada, asperjada de rocío. Era una bonita mañana de otoño, limpia cual metal abrillantado. Alex fue corriendo hacia la habitación de su abuelo, Antonio, que yacía dormido aún. El chico estaba eufórico porque -por fin- llegó el día de conocer el famoso Río Tinto y un misterioso puente. Ambos se vistieron, prepararon sus bocadillos y fueron directos en coche desde Espartinas (Sevilla) a Niebla (Huelva). Tanto el abuelo como el nieto ya caminaban colindando con ese río tan especial, mientras disfrutaban del aroma y del canto melódico de los pájaros.

Tras una hora de camino incesante con un calor que empezaba a picar la piel como un escorpión enfurecido, Alex se paró en seco para coger un mineral amarillo ocre y se lo enseñó a su abuelo como un trofeo mientras le preguntaba qué mineral era. Su abuelo prosiguió el sendero pedregoso mientras le explicaba que, con aguas tan ácidas (bajo pH), los minerales del grupo de los sulfatos más comunes son los de hierro, como por ejemplo, esa jarosita que tenía entra las dos pequeñas manos. –Se trata de un mineral que también se encuentra en Marte-, espetó Antonio mirando de reojo a su nieto. Con unos ojos alegres, Alex sonrió como si tuviese el mayor tesoro del mundo. Su abuelo le contó que hace unos 350 millones de años, la Tierra tuvo una intensa actividad volcánica. Esas ingentes cantidades de lava fueron uno de los responsables de la mineralización de sulfuros polimetálicos de la zona donde se encontraban. Esos materiales que manaron de la Tierra, tras una serie de procesos de transformación y deformación de miles de millones de años, dieron lugar a la formación que hoy se conoce como cuenca minera de Río Tinto.

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Ambos caminantes no dejaban de mirar con devoción aquel color rojizo del río, una de las características que más ha llamado la atención a lo largo de su historia. Pero, aparte de esto, este río onubense tiene una serie de peculiaridades, como el pH (medida de la acidez del agua), cuyos niveles normales giran en torno a 3 (muy ácidos). Además, entre los elementos que -de forma natural- tiene el río encontramos hierro, manganeso, cadmio, zinc, cobre, plomo y arsénico. Y aunque parezca paradójico… hay vida. Las formas de vida que habitan en el río Tinto viven en ambientes extremos. Concretamente, son acidófilas, es decir, viven en condiciones extremas de acidez.  Una de las formas de vida más simples son las bacterias, como Acidothiobacillus. Estas son capaces de metabolizar el hierro y obtener energía de él sin necesidad de utilizar el oxígeno. Al realizar este proceso son las responsables, junto con los metales que hay en el agua, de que se mantenga su color. Además, hay microalgas como Euglena o Chlamydomonas acidophila. Una de las singularidades de los organismos que habitan en este río es que a tan bajo pH, el carbono no está disuelto, por lo que las algas tienen que estar ubicadas principalmente en la superficie y en la linde del río para capturar el carbono de la atmósfera. De este modo, están recibiendo radiación solar de forma directa, lo que quiere decir que muy probablemente esas microalgas deben acumular moléculas como los carotenoides (pigmentos con propiedades antioxidantes), que son capaces de absorber las altas dosis de radiaciones ultravioleta (UV).

Antonio se paró un momento para fotografiar uno de los brezos endémicos que solo crece en entornos muy contaminados de esa comarca. El nombre científico de este brezo es Erica andevalensis y se encuentra en peligro de extinción. Posee mecanismos que le permiten sobrevivir ante una elevada concentración de metales en el suelo, lo que implica que tiene un sistema de defensa muy desarrollado. Un posible mecanismo de resistencia a los metales pesados que podría utilizar este brezo sería su asociación con micorrizas. La simbiosis entre las raíces de la planta y las hifas de un hongo micorrítico podría ser la clave de la tolerancia a los metales. La hipótesis que se baraja es que el hongo micorrítico aporta a la planta energía que obtiene de los metales y la intercambia con ella, que le proporciona al hongo los aminoácidos que produce.

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Tras más de dos horas caminando, llegaron a la supuesta meta: un puente de gruesas vigas deteriorado con el paso del tiempo, llamado Puente de Salomón. Abuelo y nieto comprobaron, con vértigo, la altura que salvan sus arcadas sobre el Tinto conforme sus voluntades por atravesar y finalizar aquella aventura se sobrecogían. A ras de la superficie de aquel monumento olvidado, un pájaro planeaba reflejando su sombra fugaz en la corriente. Alex metió su mano en el bolsillo cogiendo, de nuevo, su preciado tesoro mineral mientras le preguntaba a Antonio: -Si hay vida en el Río Tinto, ¿por qué no va a haberla en Marte?- Antonio le regaló una sonrisa, mientras el pequeño lanzaba con mucha fuerza ese mineral con el fin de que siguiese custodiando aquel tesoro paisajístico de Andalucía.

1 comentario

  1. Me ha emocionado. Efectivamente, a Alex ahora le interesan los marcianos. Dice que en las profundidades del pantano de Aznalcóllar, tal vez se esconda una nave alienígena. Alex va a cumplir el día 11.marzo = 8 fabulosos años. Y la prueba de que tenemos marcianos entre nosotros, es una gran planta pita que acaba de ver y dice que son los marcianos camuflados…
    Gracias, Yesu.