El organizador cerebral

 Nuestro cerebro realiza muchas y diferentes acciones. Entre otras, posee la función indicada para organizar el resto de funciones que realiza. Algo así como la agenda que empleamos para planificar todo lo que vamos a hacer el resto del día. Esta capacidad recibe el nombre de función ejecutiva aunque, en realidad, se trata de un conjunto de ellas por lo que, en muchas ocasiones, se las denomina en plural.

Las funciones ejecutivas hacen referencia a las capacidades que utilizamos al establecer objetivos, planificar las acciones que debemos realizar para llegar hasta ellos y ejecutar la conducta necesaria para lograrlos (Muñoz Céspedes y Tirapu Ustárroz, 2008). Se puede decir que son las competencias que nos permiten actuar ante situaciones nuevas que no sabíamos resolver previamente. El primer autor en referirse específicamente a estas funciones fue Luria, neuropsicólogo ruso, en el año 1974 (imagen 1).

Las funciones ejecutivas están relacionadas anatómicamente con el funcionamiento de los lóbulos frontales, especialmente con la corteza prefrontal, que compone la parte más “nueva” de nuestro cerebro (imagen 2). El desarrollo de estas funciones parece ser más rápido en la infancia que en etapas posteriores del crecimiento de las persona; cuestión que se ha evidenciado gracias a estudios con diferentes métodos de neuroimagen, cognitivos y estadísticos (Flores Lázaro y Ostrosky-Shejet, 2012). De hecho, existen estudios que avalan que la corteza prefrontal no llega a estar completamente formada hasta la edad adulta; aunque las funciones ejecutivas se observan a partir de los seis años de edad o incluso antes. Sin embargo, resulta muy complicado tratar de diferenciar las funciones ejecutivas en sus diferentes componentes, puesto que las investigaciones al respecto rara vez se acompañan de pruebas específicas para cada uno de ellos. Esto tiene su explicación en que estas investigaciones se centran en el estudio de acciones complejas, no de funciones específicas, que son muy difíciles de separar de las demás (Muñoz Céspedes y Tirapu Ustárroz, 2008).

Las alteraciones de la función ejecutiva se han relacionado históricamente con los daños en el área específica para su desarrollo, es decir, el lóbulo frontal, y más concretamente la región prefrontal. Es cierto que esta zona es la que más relevancia tiene en el funcionamiento ejecutivo, pero no es la única. Múltiples áreas cerebrales se encuentran implicadas en el control ejecutivo de nuestra conducta. Por tanto, cuando aparece un daño en alguna de estas áreas que afecta al correcto funcionamiento de las funciones ejecutivas, aparece un déficit que se conoce como síndrome disejecutivo. Podemos decir que la principal característica de este síndrome es la dificultad que tienen algunos pacientes para plantear metas, organizar secuencias de acción, iniciarlas, planificarlas y controlarlas. Estos pacientes pueden responder a muy diversas patologías, como son los diferentes tipos de daño cerebral. Generalmente, podemos decir que cualquier patología del Sistema Nervioso Central cursa con la presencia de síndrome disejecutivo (Muñoz Marrón, 2009).

Trabajar activamente desde el momento en que una persona sufre un daño cerebral y la función ejecutiva se ve dañada es indispensable. Sin ellas, no será capaz de recuperar su nivel de vida anterior, aunque no presente otro tipo de alteraciones físicas o cognitivas. La rehabilitación de las funciones ejecutivas se centra en la mejora de la capacidad de organización de la conducta. Aunque hay muchos estudios realizados para conocer mejor las funciones ejecutivas, pocos de ellos tratan sobre su recuperación (Muñoz Marrón, 2009). Esto se hace mediante diferentes estrategias terapéuticas, que serán empleadas según el déficit que presente el paciente (como ya hemos dicho, no todos los pacientes con afección de la función ejecutiva presentan la misma sintomatología). Podemos enumerar tres tipos de estrategias, que son (i) las actividades que pretenden restaurar la función dañada, (ii) las técnicas de modificación del entorno y otras que ofrecen (iii) medidas alternativas, las que conocemos como compensatorias (imagen 3). Estas últimas son las que resultan más recomendables en un primer momento de actuación. Consisten en enseñar al paciente la utilización de estrategias alternativas para realizar actividades de su vida cotidiana de otra manera a como lo hacía anteriormente, tratando de hacerle más sencilla su consecución.

Las primeras actividades que deben entrenarse son aquellas que forman parte de la rutina del individuo, tales como el aseo personal. Para el re-aprendizaje de estas secuencias de conducta también resulta conveniente realizar modificaciones en el entorno de manera que faciliten la situación al paciente, por ejemplo, eliminando potenciales distractores, sobre todo cuando el medio es demasiado exigente. Lo que se pretende es conseguir que el individuo sea todo lo autónomo posible tras la lesión sufrida, por lo que se realizarán modificaciones del entorno físico y también social. Por último, la aproximación basada en la restauración de funciones actúa directamente sobre el daño, ejercitando las capacidades relacionadas para conseguir su mejora. Estas estrategias deben estar siempre guidadas inicialmente por el terapeuta, que será quien indique el tipo de tarea a realizar, su dificultad y duración, e irá modificando estos parámetros en función de la evolución del paciente (Muñoz Céspedes y Tirapu Ustárroz, 2008; Muñoz Marrón, 2009). El nivel de conocimiento del paciente acerca de la magnitud de sus déficits y de sus limitaciones funcionales influirá también directamente el tipo de estrategia elegida. Si la conciencia de déficit es muy baja, se emplearán preferiblemente modificaciones del entorno, pues seguramente su implicación en la rehabilitación será menor y será más difícil restaurar las funciones afectadas trabajando sobre ellas directamente. Por  el contrario, si el paciente se encuentra muy motivado e implicado en el proceso rehabilitador, se trabajará mejor con la presentación de estrategias de restauración y compensatorias. En todo caso, el control debe ir pasando poco a poco de ser externo, es decir, lo ejerce el terapeuta, a interno, ejercido por el propio paciente (Muñoz Marrón, 2009).

Bibliografía
Muñoz Céspedes, J. M., Tirapu Ustárroz, J.: “Rehabilitación neuropsicológica”. Síntesis D.L., Madrid (2008).
Flores Lázaro, J. C., Ostrosky-Shejet, F.: “Desarrollo neuropsicológico de lóbulos frontales y funciones ejecutivas”. El Manual Moderno, Mexico (2012).
Muñoz Marrón, E. (coord.): Estimulación cognitiva y rehabilitación neuropsicológica. Editorial UOC, Barcelona (2009).

Todavía no hay comentarios