El misionero que se hizo ateo

publicado el 15 Oct, 2014 Antropología Blog

  Mediados de diciembre de 1977. Daniel llevaba varios días sin conciliar bien el sueño. Cualquier ruido, por mínimo que fuera, le despertaba, y podía pasar más de media hora para que volviese a caer dormido y no con profundidad. Aquella noche, para más inri, una estruendosa tormenta se hacía notar por las ventanas y paredes de aquel pequeño piso. Daniel, que solo daba vueltas en la cama, se concentró (en contra de su voluntad) en la sinfonía arrítmica que creaban las bailarinas gotas de lluvia en el techo del aire acondicionado de su ventana. El muchacho, de 26 años, miró su reloj de pulsera: las cuatro y seis minutos de la mañana. Faltaban dos horas y veinticuatro eternos minutos para que se levantara. Ya tenía claro que ese día no iba a ser bueno, que más valía quedarse en la cama porque no iban a ir bien las cosas. No escondía su incertidumbre, respeto o incluso miedo que le provocaba el viaje que iba a realizar por la tarde aquel día. Se notaba estresado y nervioso, y así llevaba desde que le medio obligaron a realizar dicho viaje. Se encontraba así no solo por las pocas horas de sueño que llevaba encima, sino por la mera inquietud que le inducía a tener que ir a un lugar totalmente desconocido a convivir con una tribu indígena de la que casi nada se sabía. A todas luces, él daba con el perfil idóneo que la organización cristiana evangélica, de la que el misionero era miembro desde hace años, buscaba: cristiano fervoroso, con conocimientos lingüísticos, sobre todo de fonética (naturaleza acústica y fisiología de los sonidos) y fonología (modo en que los sonidos funcionan en una lengua en particular a un nivel abstracto o mental) y con una gran capacidad oratoria para convertir ateos en fieles devotos. Esto último era lo que más le interesaba a dicha organización. Y él lo sabía.

Llegó la hora de montarse en el avión con unos colegas de la organización y se veía, desde lejos, la cara de trastorno que Daniel tenía. Sus compañeros ya se mondaban de risa recordándole que les quedaban catorce horas de vuelo. Catorce horas que se hicieron interminables. Las tres últimas horas, desesperado, le entró ansiedad y se empezaba a encontrar algo mareado. No le calmaba el hermoso paisaje que se veía desde el avión comercial. Al revés, más nervioso se puso al contemplar la interminable extensión de un bosque verde intenso atravesada por ríos que se deslizaban como luminosas serpientes. Cuando el avión aterrizó en un claro de bosque cercano al río Maici, uno de los afluentes del río Amazonas, los cansados pasajeros sintieron inmediatamente el clima sobre su piel, como si le arropasen con una toalla empapada en agua caliente. Daniel, uno de los primeros en bajarse, se fue corriendo a un lugar cercano para vomitar. Escogió hacerlo tranquilo detrás de una especie de palmera (Euterpe precatoria Mart.); pero su soledad duró menos de un minuto cuando escuchó los pasos pausados de dos personas que se acercaban al lugar. El joven alzó la cabeza, con la cara descompuesta y blanca, y pudo observar a dos personas de baja estatura, piel tostada, ojos hundidos y achinados, una nariz grande y chata, y una cabeza casi cuadrática con un grueso cabello negro azabache y despeinado. Se sostuvieron la mirada durante treinta segundos sin mediar palabra, hasta que uno de los indígenas soltó unos vocablos casi por silbidos, diciendo en uno de ellos “xibipíío” al ver como su compañero volvía atrás y se adentraba en la jungla desapareciendo de la escena. Tanto el nativo como Daniel se quedaron mirándose sin comunicación ninguna durante varios minutos hasta que, de nuevo, apareció el mismo compañero en escena trayendo lo que parecía una hoja de menta triturada. Ahí, de nuevo, escuchó la palabra “xibipíío”. Amablemente pero guardando las distancias, le ofrecieron aquella menta y salieron del lugar como un espejismo. Daniel volvió al lugar de aterrizaje con un andar abatido y mascando sin cesar aquellas hierbas, con la espera de que le hicieran algún efecto de mejoría. Todos juntos con la ayuda de un guía, fueron a pie al poblado central de la tribu Pirahã, que se encontraba a escasos kilómetros del lugar de aterrizaje. A medida que se internaban en el bosque, la vegetación se volvía más voluptuosa, el aire más espeso y fragante, el tiempo más lento y las distancias más incalculables. Las risotadas de unos niños de entre seis a ocho años (imagen 1) era el sonido de bienvenida a los nuevos inquilinos. Varios de ellos, con sus cuerpos totalmente al descubierto, rodearon al grupo y contagiaban de su alegría a los agotados viajeros. Parecían todos hijos de la misma madre. Daniel les hizo una mueca de sonrisa forzada ya que estaba deseando llegar a lo que iba a ser su choza para soltar los trastos y descansar. Al acercarse al poblado, se podía observar extensiones de cultivos de maíz, plátano y cacahuetes. El poblado se componía de más de doce chozas de estacas y palmas, dispuestas en forma ovalada alrededor de una plaza central donde había varios bancos alargados hechos por troncos y atados con unas especies de lianas. Fue en medio de esa plaza donde más de cuarenta nativos les esperaban inmóviles pero con una sonrisa cálida al verles. Era un grupo de personas de diferentes edades, la mayoría de ellos vestidos con prendas de colores apagados y todos con rasgos morfológicos muy parecidos, por lo que la endogamia (cruzamiento entre individuos emparentados) se hacía más que evidente. Su líder era uno de los más mayores del grupo. Tenía las manos en los bolsillos de lo que parecía un bañador de color beige bastante gastado y el pecho al descubierto. No había regalos de bienvenida para ningún extranjero, solo sus sonrisas mostrando dientes bastante dañados y amarillos, y algunos plátanos sin madurar que les ofrecían los desnudos críos de allí. El resoplido que pegó Daniel al ver dicho percal podía haber provocado hasta un vendaval.

Los primeros meses fueron duros para todos los blancos, sobre todo para el muchacho. El joven empezó a quejarse menos conforme pasaba el tiempo y se hacía más resistente a las inclemencias de la nueva vida que tenía. La nueva dinámica o modo de vivir que tenía le hizo, cada vez más, no preocuparse por el mañana. Él y el resto no sabían en qué día vivían. Uno de los problemas graves que tenían los extranjeros con los indígenas era la comunicación. Ningún misionero, antropólogo o lingüista había sido capaz de comprender su lenguaje con éxito, y para poder convertir a aquellos nativos (imagen 2) felices en cristianos evangélicos, tenían que ponerse manos a la obra con su lengua. Y esto les llevó varios años, aunque tardó más en conseguir comprender el significado de la palabra “xibipíío”.

Las dietas extrañas, las espeluznantes picaduras de los insectos, las frías y húmedas noches de aquel lugar y otras incomodidades no estaban a la altura de la crisis de Fe que sufría Daniel después de más de dos años allí. Una vez, cuando se regodeaba con muchos nativos hablando de Jesucristo, le interrumpió un joven de unos dieciocho años y con cara de pocos amigos preguntándole si Jesús era moreno como ellos o blanco como él. Daniel, sintiéndose algo ofendido por la pregunta supina, le contestó que no lo sabía, que no lo había visto. El joven impertinente, casi sin dejar tiempo a que el misionero terminara de contestar, le preguntó, dando por hecho que el padre de Daniel sí que lo conocía, de qué color de piel decía su padre que era Jesús. Se formó un silencio en la choza donde se encontraban todos. Daniel agachó la cabeza y le contestó que su padre tampoco había visto a Jesucristo. El joven nativo se levantó del banco ofuscado y le espetó algo parecido a: “entonces, ¿para qué nos hablas de él?”. La pregunta que, desde aquel instante, le rebotaba en la mente iba más allá: ¿para qué hablar de algo de lo que no tienes evidencia? A medida que pasaba el tiempo, menos les hablaba de religión y más disfrutaba con ellos del momento.

Pasaron más de cinco años y Daniel ya sí podía gozar de los impresionantes paisajes que regalaba cada día los rincones del Amazonas. Contemplar cómo las estrellas resaltaban sobre el cielo oscuro, las sombras de los árboles de la jungla bajo la luz de la luna, los sonidos de la vida que iban desde el chapoteo del agua de los niños hasta los gruñidos de los animales eran un regalo divino. Aunque el asunto de la deidad y las divinidades quedaban por aquel entonces muy mermados en su mente. Él disfrutaba al máximo al caminar con los Pirahã por la jungla porque se quedaba asombrado de su conocimiento. Por ejemplo, si veían burbujas en el agua, ellos ya sabían si eran causadas por la forma del fondo del río en ese punto o por una especie de pez en concreto ¡o incluso por una anaconda!; si veían una rama moviéndose, podían saber si se trataba del movimiento de un pájaro o de un mamífero. Aquellos nativos eran como enciclopedias andantes del entorno que les rodeaba (imagen 3).

No podía dejar de asombrase con las características tan peculiares que tenía la tribu: carecen de números y adverbios de cantidad, no pueden pensar en abstracto y, por tanto, no tienen manifestaciones artísticas ni comprenden el concepto de divinidad. Tampoco usan el pasado, no tienen conciencia histórica ni concepto diferenciados de parentesco (solo sabían quiénes eran sus hermanos y padres). ¡Y eran muy felices! Esto último lo achacaba Daniel a su resistencia, a su ausencia de arrepentimientos, a no tener miedo al cielo o al infierno, a su falta de culpa o preocupaciones. Podían caer en la tristeza, ser mezquinos o estar enfadados; pero era raro esto. Vivir entre ellos era como convivir con el grupo más libre de angustia que uno pueda imaginarse.

Pasaron ya siete años, y Daniel disfrutaba de la que podía ser la última noche después de su larga estancia allí. Estaba en el centro de la plaza sentado en el banco con muchos Pirahã, entre ellos su líder. El no-misionero escuchó a lo lejos “xibipíío” a unos niños que jugaban. Ya por matar la curiosidad, les preguntó el significado de esa misteriosa palabra. En aquel mismo instante, se apagó la luz de la vela que había al lado del banco de Daniel. Él cogió un cerillo y el líder vio cómo la luz parpadeaba. Este señaló aquella luz parpadeante y le dijo: “está xibipiiando”. Daniel sonrió y por fin comprendió el difícil significado, definiéndola como “Principio de la experiencia inmediata”.

¿Cuántos de nosotros no nos arrepentimos de cosas que hemos hecho en nuestro pasado? ¿Cuántos de nosotros no nos preocupamos de lo que seremos en el futuro, de cómo moriremos, de qué será de nuestros seres queridos? Imagina una vida sin arrepentimientos, sin preocupaciones más allá de aquello que podemos solucionar ahora mismo. Quién le iba a decir a él, que acudió a aquella remota selva amazónica como misionero cristiano con la intención de convertir a sus habitantes, que iban a ser los indígenas los que le convirtieran a él.

Bibliografía:
Everett D.L.: “Cultural Constraints on grammar and cognition in Pirahã”. Current Anthropology 46.4: 621-634 (2005).
Everett D.L.: “Pirahã culture and grammar: a response to some criticism”. Language 85.2: 405-442 (2009).
Nevins A., Pesetsky D., Rodrigues C.: “Evidence and argumentation: a reply to Everett”. Language 85.3: 671-681 (2009).
Nevins A., Pesetsky D., Rodrigues C.: “Pirahã exceptionality: a Reassessment”. Language 85.2: 355-404 (2009).

1 comentario

  1. Preciosa historia que es a su vez una lección de vida, nunca sabes que camino sera por el que terminaras transitando, así que saquemos el jugo al ahora