Buscando vida en el Universo

publicado el 15 Feb, 2012 Astronomía Blog

  Si nos remontamos muchos siglos atrás en la historia de la humanidad, podemos constatar el hecho de que nuestros antepasados tenían en común con nosotros una serie de dudas y cuestiones que, aún hoy en día, permanecen velados parcial o totalmente, muy a pesar del saber empírico y la ciencia moderna. Sin embargo, si bien el ser humano, en esencia, ha podido revelar algunos interrogantes, existen aún multitud de preguntas sin responder en lo que respecta, por ejemplo, al Universo.

  Los primeros pobladores de nuestro planeta ya pusieron sus ojos en aquellas “tachuelas” resplandecientes en el firmamento, creando mitos y dioses con el fin de darle un significado a tan asombroso espectáculo. Los chinos babilonios y egipcios fueron los primeros en consignar los movimientos de los cuerpos celestes. Tiempo más tarde, el astrónomo griego Claudio Ptolomeo fue el primero en situar la Tierra en el centro del Universo, alrededor del cual todos los cuerpos celestes orbitaban. Aun así, no fue hasta 1543 cuando Nicolás Copérnico trazó el movimiento de la Tierra alrededor del astro rey, aunque, si bien todavía distaban muchos años para que ésta fuese la postura de la ciencia oficial, ya existía un punto de partida para el estudio moderno de la astronomía.

  Con el paso del tiempo y el avance de las tecnologías óptica, espectroscópica y aeronáutica, hemos sido capaces de trazar la asombrosa estructura de nuestra galaxia, la vía láctea, y de comprobar como tal inmenso poblado de cuerpos celestes sujetos a una gravedad recíproca no era más que un pequeño islote poblado en el universo. Recientemente, nuestra concepción de él se ha expandido mucho más: hemos descubierto que el concepto de sistema solar no es algo exclusivamente aplicable a la Tierra y sus mundos vecinos y que, esta situación de planetas que orbitan alrededor de una estrella incandescente sujetas a su vez a un movimiento de rotación, es una situación bastante frecuente en el universo. De esta forma, la aparición de múltiples sistemas solares en nuestra propia galaxia y mas allá, ha abierto la puerta a la posibilidad de un mundo que contenga ecosistemas habitables por vida macroscópica.

  En este punto es necesario tomar un símil con nuestro propio sistema solar. La Tierra, el planeta en el que vivimos, se encuentra en lo que los científicos denominan la “franja o zona habitable”, es decir, alrededor de su astro rey (Sol) para que la vida se cumpla según los criterios que conocemos. En esta área, las temperaturas se mantienen estables y con medias templadas, el movimiento de traslación de la Tierra (movimiento alrededor del Sol) es el adecuado para que exista un cierto equilibrio en las estaciones y la presión atmosférica, que dan lugar los gases sometidos a esa temperatura, es la óptima para que la vida, que surgió en nuestro mundo, pudiese evolucionar en constante interacción con su medio. En cambio, si nos salimos de esta franja, en nuestro propio sistema solar, podemos observar a nuestros dos vecinos mas próximos: Venus y Marte. El primero se encuentra mas cerca del astro rey, su temperatura ronda los doscientos grados centígrados durante el “día venusiano”, mientras que sus noches son frías decenas de grados por debajo de cero: esto ocasiona unas diferencias de presiones enormes y una continua erosión del suelo del planeta. Los gases presentes en su atmósfera sufren una agitación molecular tan alta que forman densas nubes que impiden que el calor del Sol escape al Universo, creando el llamado “efecto invernadero”, como un posible handicap para la aparición de la vida en un planeta como Venus. Nuestro segundo mundo vecino, Marte, es un lugar árido y frío, con enormes desiertos que se expanden por todo el planeta en los que el agua no parece (hasta ahora) tener una presencia notable, a excepción de los polos del planeta, donde es posible divisar, incluso con un telescopio sencillo, dos casquetes polares de agua congelada.

  Sabiendo como funciona la mecánica de un mundo habitable, es fácil extrapolarla a los exoplanetas (planeta que orbita una estrella diferente al Sol). Sin embargo, el estudio de estos es mas complicado debido a la enorme distancia que nos separa de ellos. Para este fin, los científicos emplean en sus observaciones astronómicas la computerización de las imágenes tomadas por potentes telescopios, y aplican filtros y técnicas espectroscópicas y fotométricas para determinar la presencia de determinados gases en la atmósfera del planeta en cuestión. La espectrofotometría permite visualizar la coloración y la intensidad del espectro luminoso de estos gases y la temperatura a la que están sometidos, lo que permite su rápida y exacta identificación.

  En la actualidad, existen varios proyectos en ejecución con el objetivo de detectar la existencia y ubicación de estos nuevos mundos, como el exoplaneta Gliese 581 d (imagen 1), con el objetivo de emplear las citadas técnicas de análisis del espectro de sus atmósferas, así como su situación respecto a su estrella benefactora, para determinar la viabilidad de existencias de ecosistemas complejos en dichos mundos, que puedan dar lugar a la presencia de vida autóctona y de organismos con un alto grado de complejidad. Este estudio ha dado lugar a una nueva vertiente de la investigación científica que, si bien en la actualidad apenas está en su mas tierno origen, abre un campo de posibilidades tan tremendamente extenso como es el concepto de la vida en otras partes del Universo. Este “proyecto de nueva ciencia” ya ha sido bautizado como exobiología o astrobiología.

  Cabe destacar que, en 1998, la NASA creó el Astrobiology Institute, un organismo dedicado exclusivamente a impulsar las investigaciones referentes a esta ciencia neonata. Su participación en algunos de los proyectos existentes ha sido importante, interviniendo en proyectos de actualidad como la Kepler Mission, e incluso colaborando con la Universidad de Berkeley (California) en el conocido proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence) de búsqueda de señales de vida inteligente en el espacio exterior. Aquí, en España, se encuentra, por ejemplo, el edificio del CAB (Centro de Astrobiología) (imagen 2) ubicado en Torrejón de Ardoz (Madrid) constituido por el Consejo Superior de Investigaciones Científica (CSIC).

  En definitiva, podemos sacar en claro que gracias al esfuerzo de tantos investigadores durante toda la historia que, partiendo desde los métodos mas rudimentarios, sentaron las bases para los nuevos avances en múltiples sendas del conocimiento científico estamos hoy un paso mas cerca de descubrir, estudiar y comprender los entresijos de dos de los mayores misterios que la humanidad tiene que afrontar: la vida y el universo.

Bibliografía:
Becklake S.: El Espacio: Estrellas, Planetas y Naves Espaciales. Ed. Plaza Joven (1988).
Antonin R.: Astronomía: Guía para el aficionado. Ed. Susaeta (1992).
 
Recursos electrónicos:
Web de la BBC Universe: Exoplanets.
Web del CSIC.
Web de SETI at Berkeley ( http://seti.berkeley.edu/ )
 
Recomendado:
Exoplanet Orbit Database ( http://exoplanets.org/ )

 

1 comentario

  1. RJS dice:

    ¿Qué es más frustrante: la posibilidad de «saberse» solo en el Universo o conocer la existencia de otros mundos y no poder alcanzarlos?
    .
    Buen artículo ; )