A propósito de las contusiones

publicado el 15 Nov, 2012 Blog Fisiología

  Es curioso cómo hay situaciones que se repiten en todos y cada uno de nosotros y a las que realmente no les damos importancia. Sin embargo, algunas veces la tienen y podríamos no dársela por desconocimiento. Uno de esos ejemplos son los cardenales, (esos moratones) que todos hemos tenido en algún momento después de un golpe brusco o de haber tenido algo que nos presionaba durante un tiempo. Pero, ¿qué son realmente los cardenales y cómo deben tratarse?.

  Un cardenal se produce como consecuencia de una contusión, que es un tipo de trauma cerrado donde no existe brecha. Dicho de otro modo, no se produce una herida abierta, todo es interno. Debido a sus características, se pueden clasificar estas contusiones en tres grados.

  El grado más leve es la equimosis, aunque comúnmente se suele llamar hematoma o cardenal. El origen de la palabra equimosis es griego y proviene de la palabra ex (que significa fuera) y de la palabra quimos (que significa jugo). En este caso, el golpe produce una extravasación superficial de la sangre (es decir, una acumulación de sangre bajo la piel) ya que se produce la rotura de los vasos de la red capilar de la zona que recibió el trauma. La lesión suele alcanzar la piel hasta la dermis. En un primer momento, tiene un color violáceo (de ahí la definición de moratón que se da en algunas zonas de España) y posteriormente cambia a verdoso y amarillento hasta desvanecerse. La desaparición de esta sangre se debe a un proceso de fagocitosis (es decir, las células de los alrededores se comen esta sangre), y a la degradación de la hemoglobina, la molécula que da el color rojo a la sangre. El mejor tratamiento son los ultrasonidos, que aceleran la degradación de la sangre y su reabsorción, aunque no suele ser necesario. Sin embargo, existen métodos sencillos para facilitar su desaparición: elevar la zona dañada y mantener reposo, aplicar hielo o algo muy frío varias veces al día, sobre todo, justo después del golpe y tomar acetaminofeno (para el dolor) o ibuprofeno (para el dolor y la inflamación).

El segundo grado de intensidad es el verdadero hematoma, que se caracteriza porque se acumula más sangre que en el anterior, llegando a producir una masa o bulto poco delimitado. El origen de esta palabra también es griego, procediendo de la palabra hemo (que significa sangre) y de la palabra oma (que significa tumor o abultamiento). Debido a su apariencia, suele confundirse con la equimosis, aunque en este caso la sangre coagula rápido y se reabsorbe muy lentamente, tardando entre uno y tres meses en desaparecer. Sus síntomas más característicos son un bulto fluctuante, es decir, un bulto lleno de líquido, que al apretarlo por un lado pueden sentirse ondas  en otra zona (imaginemos que tirar una piedra a un lago es apretar en una zona, y las ondas que se ven en el agua se sienten al tacto en la otra), y dolor y alteración funcional en la región afectada. En este caso, el hematoma puede evolucionar de tres modos: reabsorbiéndose lentamente y sin dejar rastro; produciéndose una infección, debido a que la sangre como caldo de cultivo para gérmenes; o dando lugar a un enquistamiento y calcificación al producirse el depósito de sales de calcio. Un ejemplo de este último caso podría ser el enquistamiento de una zona de la mama por un traumatismo anterior, por lo que habría que hacer un diagnóstico diferencial con un cáncer de mama. Este último caso de enquistamiento puede dar lugar a diagnósticos erróneos de cáncer de mama debido a traumatismos anteriores, por lo que se requieren pruebas que distingan entre ambos.

  El tratamiento para un hematoma está recomendado y puede ser de dos tipos en función de las complicaciones posteriores. Un tratamiento precoz consistiría en la punción del hematoma para vaciar la sangre, la cual requiere máxima esterilidad y un vendaje compresivo de la zona. El tratamiento tardío, al estar ya la sangre coagulada, implica el empleo de ultrasonidos e infiltraciones y, sólo en casos excepcionales, sería necesaria cirugía.

  Otro ejemplo de hematoma sería el hematoma subungueal, es decir, aquel que sale bajo las uñas. En este caso, la persona muda la uña. Incluso se podría deteriorar la matriz, saliendo mal la uña siguiente. Por ello, el tratamiento consiste en perforar la uña con una aguja al rojo vivo, permitiendo así salir la sangre para no perder la uña en ningún momento.

  El tercer y último grado de contusión es la escara, que consiste en la necrosis de la piel compañada de una afección profunda de características diferentes. Se debe a un traumatismo muy intenso que en ocasiones se complica. Se considera una herida porque la sangre sí sale al exterior. Al principio se manifiesta como una zona donde la piel se seca, delimitándose una zona de color negro, sin sensibilidad, y apariencia acartonada. La escara en sí aparece con posterioridad, cuando la piel que ha cicatrizado bajo esta costra se hace visible dejando a la vista una desagradable o antiestética cicatriz, incluso llegando a pérdida de tejido. Además, se produce un dolor intenso en la periferia, pero la zona necrótica no duele. Las lesiones profundas evolucionan de forma independiente. En este caso, el tratamiento suele ser reposo y solo paliativo de los síntomas, tratándose las lesiones profundas con posterioridad.

  Hay que tener en cuenta que las escaras no son exclusivamente producidas por una contusión. También se suelen dar en personas que pasan mucho tiempo en la misma postura y tienen dificultad de movimiento, aunque en este caso se conocen como úlceras de presión.

Bibliografía:
Santos Vélez, Salvador. Clases magistrales de enfermería.
 
Recursos electrónicos:
Web oficial de la Clínica Mayo: www.mayoclinic.com
Web de Gudhealth: gudhealth.com

2 Comentarios

  1. eXCELENTES TRABAJOS DEINVESTIGACION,GRACIAS

  2. Fda Denisse dice:

    Muchas gracias! mis dudas estan resueltas.